lunes, 23 de marzo de 2009

DESARROLLO AUTOPOIÉTICO, EDUCACIÓN CO-EVOLUTIVA


Arturo Guillaumín Tostado
Investigador / Universidad Veracruzana

INTRODUCCIÓN
Agradezco la invitación a participar en este seminario-taller de Aproximaciones Urbanas, sobre todo cuando se trata de promover el diálogo y la reflexión entre los jóvenes que pronto estarán ejerciendo sus profesiones. Más importante aún cuando los conceptos de diálogo y de reflexión suelen estar lejos del ámbito educativo, porque ni la discusión ni el debate son diálogo (menos el chat), y porque pensar no es lo mismo que reflexionar. Ambos, diálogo y reflexión, no son sólo capacidades superiores del humano, sino un arte que ha sido olvidado/relegado/proscrito en un tiempo en el que se favorece la competencia, la competitividad, la productividad, el tiempo cronometrado, el liderazgo, el éxito.

Quisiera decir que quizá hubiera sido interesante abordar estos temas de la planeación urbana, no por mesas de discusión temáticas (economía, medio ambiente, sociedad, planeación, lo jurídico), puesto que la realidad no responde a un principio disciplinario de organización. Estoy convencido que en este tipo de reuniones debieran participar escritores, poetas, filósofos, físicos cuánticos, matemáticos, expertos en geometría fractal, entre otros… Debiéramos interactuar todos, incluso de manera caótica, que es como se crean las condiciones para que surja la autoorganización y la innovación. Sería bueno tratar de unir lo que la cultura y la educación han fragmentado pacientemente por siglos. Quizá nuestra mayor debilidad consiste en la incapacidad de ver la realidad en su unidad problemática. Todavía somos tributarios de Descartes y de Bacon. Tanta linealidad, pensamiento causa-efecto, programación, y orden ha causado enormes estragos en la educación.
Doy clases en diversas facultades y algo que llama poderosamente mi atención es que en los salones de clase hay unos cartelitos pegados en los muros en los que se pueden leer tanto la “Misión” como la “Visión” de la facultad. Después de un discurso no sólo ampuloso, sino también lleno de una serie de conceptos que a mí me parecer no han sido suficientemente esclarecidos (como “sociedad del conocimiento”), aparece la fórmula mágica: “formar egresados que puedan insertarse exitosamente en el proceso de globalización”. Pero lo más extraordinario es que, palabras más, palabras menos, todos estos papelitos dicen lo mismo. Es, precisamente, el modus operandi de la globalización: el lenguaje único. Hay tanta pobreza de espíritu en todo esto. Y es precisamente esa visión economicista, con todas sus cargas ideológicas, la que me preocupa, pues la economía no sólo es la ciencia más cerrada sobre sí misma, sino que ha traicionado su propio nombre (oikos + nomos): la administración de la casa, del planeta. No se puede administrar o cuidar lo que no se conoce.

No vengo a este foro ni con un decálogo de consejos ni con un número de respuestas o certezas de las que puedan echar mano los jóvenes que están a punto de salir de la facultad, de la universidad. Más bien estoy en condiciones de hacer precisamente lo contrario: crear la duda, la confusión, y la necesidad de hacerse preguntas. Coincido con Antonio Machado cuando dice que: debemos repensar lo pensado, desaber lo sabido y dudar la propia duda, que es el único modo de empezar a creer algo.

UNA NUEVA NOCIÓN DE DESARROLLO
El mito del desarrollo económico se ha terminado. Creemos que el desvanecimiento de nuestras certezas (si es que las había) es un cambio positivo, por más traumático que pueda parecer: quizá sea una de las maneras más efectivas de percibir no sólo la caída de un mundo, sino también la necesidad de hacer surgir otro, más esperanzador. El problema fundamental es que toda nuestra civilización ha estado fundada sobre una máquina mercantil y monetaria incontrolable, que cada vez consume más recursos y concentra más sus beneficios.

Nuestra cultura ha estado fundada en una trilogía mítica: el mito de la posesión, el mito del control y el mito de la independencia. La cultura es la construcción más extraordinaria y compleja del ser humano. Está constituida no sólo por artefactos y patrones de conducta, sino también por ideas, creencias, mitos, símbolos e imaginarios. El devenir humano puede sintetizarse de la siguiente forma: una transición paulatina de una evolución guiada por la naturaleza a otra guiada por la cultura. El mundo artificial se ha superpuesto al natural. Creamos un nuevo paisaje: edificios, placas de concreto, fábricas, museos, parques temáticos. Ya le ponemos segundos pisos a nuestras congestionadas vías urbanas. Inventamos la ilusión de “independizarnos” de la naturaleza. La luz eléctrica extendió el día sobre la noche y la arquitectura nos resguardó de los elementos. Clonamos tejidos y ovejas. Sensación de conquista, control y dominio. Pero vivimos una situación límite:

Hemos ignorado/olvidado/contravenido/alterado/destruido
los ritmos, los ciclos y los principios que subyacen
a la vida sobre la tierra, a su organización.

La cultura ha interferido con nuestra comprensión de la naturaleza, de la trama que une todas las cosas, y de que la vida pende de los sutiles hilos de esa trama. El problema con la cultura (que con la globalización se ha mundializado) es que está atravesada hoy por una visión economicista, banal y peligrosa que dicta todos nuestros actos. La cultura es el gran atractor extraño, fatal y fractal de la humanidad. Fractalmente se reproduce y anida a diversas escalas, penetrando nuestros inconcientes y permeando nuestras instituciones, actividades cotidianas y, por supuesto, la educación.

¿Qué salió mal? A la luz de los nuevos conocimientos científicos, esta pregunta tiene una respuesta: somos la única especie que se autoengaña. El despliegue cultural-tecnológico, si bien ha creado obras portentosas y sublimes, ha segregado sus propias lógicas y propósitos, desvinculados de todo lo demás. El hombre no es la medida de todas las cosas. Todos pertenecemos a la humanidad, pero el hombre y la humanidad son emergentes de la biosfera, y la biosfera es emergente de las fuerzas que rigen el universo. Es decir, una visión antropocéntrica resulta no sólo limitada, sino ilusoriamente peligrosa.

Los nuevos avances de la física, de la biología evolutiva, de la cosmología, y del estudio de los sistemas complejos, desafía la vieja noción de progreso, al mismo tiempo que surgen un conjunto de conceptos que nos proveen de pistas para construir otro desarrollo: autopoiesis, emergencia, unidad biosférica, holarquía, trasmutación de materia y energía en vida, autoorganización, simbiosis, coevolución, noosfera, autonomía—dependencia. El desarrollo ya no puede ser económico, ni social, ni sustentable (tan comercial y deformado hoy en día). Vamos, ni siquiera humano, aunque sea un duro golpe para nuestros egos. Estamos hablando de un desarrollo biosférico. Constituiría una alianza hombre—naturaleza sin precedentes, en la que nuestra civilización podría aportar su inteligencia, su inspiración y sus creaciones tecnológicas al servicio de esta coalición.

En este contexto, propongo el concepto de inversión en complejidad. En lugar de invertir en dispositivos económicos, infraestructurales y financieros para atraer a los capitales transnacionales para que exploten ventajosamente nuestros recursos (naturales y humanos), se puede invertir en el territorio local/regional para:
1) incrementar su diversidad biológica;
2) restaurar los procesos regenerativos y autopoiéticos;
3) incrementar la autonomía con base a una bioeconomía autosuficiente y limpia;
4) lograr la eficiencia energética (entropía mínima), por medio de la captura de energía solar y su transformación;
5) establecer circuitos de producción y consumo internos;
6) crear inéditos nodos de investigación—educación. Es decir, se invierte en la producción de las condiciones que favorecen el tejido de lo vivo.

¿Se puede hablar de un desarrollo autopoiético? (Es decir, de sistemas que se autoproducen) Sí. Puede comenzar como una metáfora que migra al ámbito territorial para convertirse en un verdadero fenómeno autopoiético. Esto significa que debemos aprender a articular diversos elementos, como los de límite o membrana, metabolismo (proceso), estructura autoproductora (elementos internos) y acoplamiento estructural (relación cognitiva con el entorno). Lo local debe crear un límite (físico y abstracto) para delimitar lo que está “afuera” y lo que le pertenece, y realizar una “desconexión selectiva” de los impulsos y fuerzas globales dominantes. La estructura interna y el metabolismo pueden crearse a partir del incremento de la diversidad interna y la emergencia de nuevas relaciones simbióticas. De ahí la inversión en complejidad.

Lo local/regional recobraría su verdadera importancia, no como proveedor de mano de obra e insumos para una globalización, sino como elemento constitutivo y complejo de la trama biosférica. Lo local/regional contiene información holográfica del todo (principios organizativos de lo vivo; leyes físicas, químicas, biológicas) y, al mismo tiempo, información específica (relaciones de contigüidad, condiciones climáticas y geográficas, sustrato cultural) que no contiene el todo, pero que le son fundamentales para su evolución.

Nuevas propiedades a escala planetaria aparecerían como emergencias, no como producto de planes, o de las fuerzas ciegas del mercado. Surgirían de millones de millones de pequeños propósitos locales, cada uno asociado con un hábitat específico, pero vinculados a un conjunto de principios biosféricos de desarrollo. Al mismo tiempo, los ámbitos locales/regionales establecerían redes de cooperación e intercambio a escala nacional, supranacional y global. Las informaciones fluirían libremente y no estarían sujetas a derechos de propiedad, sólo a una ética de uso y un principio de precaución. Emergería otro tipo de educación.

TRES PROCESOS, TRES PREFIJOS
Vale la pena considerar la máxima de Einstein acerca de que los problemas no se resuelven pensando en el mismo nivel de conciencia que los crearon. Una nueva propuesta de desarrollo y de educación debe situarse en un estadio diferente de evolución, que responde a un nivel superior de conciencia y de conocimientos basados en las nuevas aportaciones de las ciencias de la complejidad. Si queremos que las futuras generaciones (humanas y no humanas) tengan oportunidad de prosperar, entonces necesitamos dar oportunidad para que emerja una relación distinta entre nuestra especie y la biosfera. Por tanto, a partir de ahora designamos esta nueva educación como emergente y biosférica, o, mejor aún: educación co-evolutiva.
La transformación que proponemos (¿descubrimiento de la sublevación de la materia?) implica tres procesos interactuantes y simultáneos: El primero, re—evolución, hace referencia a una revolución del pensamiento que tiene como fin proseguir el proceso de hominización. Constituye un fenómeno de metamorfosis, donde se destruye y se sacrifica la mayor parte de la estructura vital para hacer emerger otra entidad completamente nueva. Pero hay que saber qué debe desaparecer y qué es necesario conservar. El segundo, de—evolución, significa devolver, paulatinamente, a la biosfera sus capacidades de regeneración, diversidad y autoproducción, así como sus propios ciclos y ritmos, mediante acciones y no acciones. El tercero, co—evolución, quiere decir otorgarle el estatuto de sujeto a la naturaleza para establecer relaciones simbióticas de evolución conjunta.

No se trata de un mero juego discursivo. Estos procesos tienen implicaciones cognitivas, éticas, estratégicas, científicas y tecnológicas. Esta transformación implica, entre otras cosas: a) la reorganización del conocimiento; b) una nueva relación entre los nuevos saberes y el desarrollo (ahora biosférico); c) el conocimiento como patrimonio de la humanidad y no de lucro privado; d) el principio de precaución a escala local, regional, nacional y planetaria; e) la desaparición paulatina de las profesiones y carreras disciplinares, para dar paso a una metamorfosis de todas las actividades humanas.

EDUCACIÓN CO-EVOLUTIVA
El aprendizaje es una capacidad biológica, antes que intelectual. Es parte de todo lo vivo. Se aprende entonces en la complejidad caótica, desorganizada, aleatoria, reorganizada e incierta. Los conocimientos son significativos cuando se vinculan a nuestra vida, cuando sirven para acondicionar nuestro entorno local e inmediato. Los conocimientos son pertinentes porque tienen que ver con los problemas y necesidades humanas más trascendentales. Los conocimientos son contextualizados porque articulan otras escalas más amplias, incluyendo la planetaria y biosférica.

La educación co-evolutiva constituye un bucle productivo entre las ciencias de la complejidad (que articula a las humanidades y el arte) y la tecnología. En otras palabras, la educación ya no se concibe desvinculada de la investigación científica transdisciplinaria ni de las aplicaciones tecnológicas que viabilizan, a su vez, la transformación física—territorial de la cultura y la textura de las relaciones humanas. Así, los nuevos sistemas y artefactos pueden constituir bucles cerrados y funciones a partir del ingreso de la energía solar (flujo), para transformar progresivamente la biosfera a partir de comunidades y espacios locales.
Esto quiere decir que en nuestra concepción existe un macro-proceso que articula a la ciencia compleja, a la tecnología, a la educación co-evolutiva y a la planetarización. Ojo, dije planetarización, no globalización. Se rompe así con el “tetramotor” del progreso tradicional (ciencia-tecnología-industria-interés económico). Esta educación ya no produciría profesionales especializados en áreas inconexas: abogados, biólogos, ingenieros, músicos, pedagogos, economistas. Formaría nuevos ciudadanos planetarios con conocimientos integradores en ciencias, humanidades y artes que tienen como misión articular la civilización humana con el tejido biosférico, al tiempo que promueven una solidaridad transcultural.

La educación co-evolutiva no jugaría un rol pasivo respecto a los conocimientos que se generan en la esfera científica. Es decir, ya no dependería de las ciencias y disciplinas tradicionales para construir sus currículos y sus programas. Bueno, en realidad ya no habría currículos ni programas. Lo que habría son procesos abiertos de trans—aprendizaje en los ya no se sigue una senda lineal (niveles primario-secundario-terciario), sino un proceso no lineal, en sucesiones orden—desorden, que va incrementando su complejidad. Tiene entradas y salidas que dependen de las condiciones específicas locales (sociales, naturales, culturales). La investigación científica sería parte constitutiva de la educación, al igual que la tecnología, que de ahora en adelante podemos calificar como biomimética.

Veámoslo de nuevo. La única manera de poder entretejer una nueva noosfera es a través de un sistema que produzca conocimientos transdisciplinares, capaces de dotar a todas las actividades humanas de un nuevo sentido, propósito y direccionalidad: hacia una cultura planetaria. Los nuevos aprendizajes estarían enraizados en una reinterpretación de la naturaleza, de la vida y del cosmos. Los conocimientos pueden generar proyectos de desarrollo autónomo/autopoiético. Ejemplos de este tipo pueden ser: la creación de biomas que restituyan la biodiversidad local y regional; o la transformación de grandes extensiones territoriales, como desiertos, para convertirlos en tierra agrícola, al tiempo que producen agua fresca y energía limpia. Son proyectos que surgen de una nueva educación y que, al mismo tiempo, retroalimentan a la educación a través de la práctica en los espacio vitales y significativos de las personas de carne y hueso.

La naturaleza produce materiales con un mínimo de insumos, a temperatura y presión ambiente, y lo hace de manera que mejora al entorno, antes que contaminarlo o destruirlo. La educación co-evolutiva ofrece un enorme potencial para hacerlo, mediante conocimientos y una nueva generación de tecnologías híbridas a favor de la organización biosférica. En la naturaleza encontramos los precedentes para resolver los problemas que actualmente enfrenta la humanidad: hambre, enfermedades, crisis energética, escases de agua limpia, violencia. Pero sobre todo, escasez de futuro.
El laboratorio de investigación y desarrollo más exitoso ha estado en operación por 4,600 millones de años. A lo largo de ese tiempo, millones de especies han aprendido a hacer todo lo que nosotros queremos hacer. La naturaleza ha retenido lo que funciona, lo que es apropiado, y lo que es durable aquí en la Tierra. La evolución está basada en la aptitud de hacer lo que es más fácil de hacer, producido con lo que está a la mano, convirtiendo los desechos en insumos de otros procesos vitales.
Debemos aprender a mantener el clima terrestre en sintonía con las necesidades de todas las formas de vida; cosechar, almacenar y distribuir energía localmente, a bajo costo y en una variedad de formas; separar la sal del agua con energía solar; fijar carbono al tiempo que se incrementa la fertilidad del suelo, etc. Para ello, es preciso que aprendamos múltiples alfabetizaciones que nos permitan leer, decodificar, percibir y expresar en un mundo multidimensional. Habrá que re-aprender a utilizar nuestros sentidos del olfato, la vista, el oído, el tacto, el gusto y la intuición. Significaría poder comunicarnos y entrar en un diálogo polifónico con la fauna, la flora, el viento, el agua y el bosque. No se trata de un nuevo culto pagano o una posición New Age, sino de una ciencia/arte que nos ayuda a entrar en una relación más íntima con la vida terrestre.

Conceptos como información, conocimiento, inteligencia y aprendizaje son evolutivos y no antropocéntricos. Todos están articulados en lo que hemos denominado educación co-evolutiva, que crea nuevas redes “sinápticas” y de acoplamientos estructurales a niveles tanto local como global. Todos aprendemos de todos. Todos enseñamos a todos a través de nuevos lenguajes, códigos y sensibilidades. Es la única manera de seguir interpretando la sinfonía sensible que es el cosmos, nuestra galaxia, nuestro planeta.

INCONCLUSIÓN
Lo hoy expuesto es parte de mis investigaciones sobre complejidad, pensamiento complejo, desarrollo autopoiético y educación co-evolutiva. Recientemente he formado parte de un equipo transdisciplinario constituido por mujeres de diversas formaciones. Nuestra idea es pasar del plano epistemológico y teórico, al práctico y transformador, tanto en el campo del desarrollo como de la educación, que no se pueden concebir desvinculados.

Espero haberlos motivado en algún sentido, incluso en el rechazo de lo aquí expuesto. Sería un buen comienzo. Muchas gracias.

© Arturo Guillaumín T. / Universidad Veracruzana / 2008
Material sujeto a restricciones de reproducción. Sólo podrá hacerse dentro del contexto del Seminario Taller
Aproximaciones Urbanas, organizado por la Facultad de Arquitectura: 27-28 de noviembre de 2008.

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