viernes, 6 de marzo de 2009

Multiculturalidad y deslocalización urbana

c. Dr. Arq. María Concepción Chong Garduño


La intención de esta ponencia es enfatizar la problemática existente en las ciudades mexicanas propiciando un acercamiento crítico-reflexivo a la interpretación de las transformaciones en el ambiente urbano contemporáneo desde las particularidades de la multiculturalidad , manifiestas en el espacio público de la ciudad; examinando las incidencias de carácter global que han deslocalizado los lugares y por ende las formas de vida tradicional y bajo imaginarios universalistas que integran deseos y exacerban desigualdades.

Desde el renacimiento hasta principios del siglo XX las diversas manifestaciones del racionalismo han constituido una fuerza de renovación y progreso, formando un motor para la ruptura con el pasado y humanización del mundo, sin embargo desde la segunda mitad del siglo se ha convertido en un freno, un obstáculo, un límite, una complejidad; los criterios racionalistas de segregación, división y zonificación han entrado en crisis y, ésta, no sólo se expresa en la realidad de las ciudades sino que se manifiesta en todo tipo de arquitectura.

En México, a raíz de las aspiraciones de globalidad, muchas de las ciudades mexicanas presentan a finales del siglo XX, imágenes duales que confluyen para configurar manifestaciones inacabadas, característica en paisajes superpuestos, franjas segmentadas, obras interrumpidas y áreas deficitarias de servicios e infraestructura.

Por esta razón el "hecho urbano" constituye uno de los más desafiantes retos de y para la organización social y física, en este momento. La estructura urbana, los cambios en la forma de expresión y estética urbana están relacionados con los cambios en el modo de vida y la experiencia social.


A los procesos de estructuración urbana aparecen vinculados diferentes formas de vida, conflictos sociales y nuevos estilos de vida. Esto explica la relevancia y significación del hecho urbano en la vida social, en los modelos de actuación, planificación y desempeño individual. Por esta razón, hay que subrayar la importancia de la estrecha y mutua implicación entre el hecho físico de la ciudad, la estructura social que se cobija en ella y las dinámicas personales de cada uno de los individuos que la habitan.

No obstante que México se encuentra en vías de desarrollo, las formas urbanas de nuestro país se han ido insertando poco a poco en la globalidad . Los rasgos que se destacan, es el de la imagen, en tanto elemento de transición por sí mismo y el de la planeación urbana a través del ordenamiento del uso del suelo, instrumento que parece idóneo a la dinámica neoliberal . Como consecuencia de esto, la estructura social del país ha entrado en nuevas dinámicas, regidas básicamente por una economía de mercado.

La globalización la enfatiza A. Giddens , como consecuencia de la modernidad y ubica a la ciudad moderna como una forma social que observa continuidad con los órdenes sociales preexistentes. Acepta además que, “los asentamientos humanos modernos incorporan a menudo los sitios de las ciudades tradicionales”, a pesar de que la modernidad los desborda.

Frente a la imagen tradicional y para que las ciudades mexicanas participen con éxito en los mercados globales, México ha promovido cambios, en los cuales un componente especial es la imagen urbana. Las posibilidades de competitividad venturosa fueron previstas en torno de un conjunto urbano que debe consolidarse como sistema de ciudades eficientes. Maya Ambía (1998). Para lograrlo, se ha tratado de transformar lentamente, el medio urbano con la intención de adecuarlo a una imagen guía de aceptación internacional.

Estas transformaciones han traído como consecuencia que las formas de la ciudad, en el actual ambiente urbano contemporáneo se perciban con una imagen distinta; cada espacio público, cada rincón, cada componente arquitectónico, cada paisaje, constituyen figuras cambiantes, de las que se puede percibir siempre una impresión distinta. De esta manera la ciudad deja ver una identidad visual distinta, presenta un escenario para ser reflexionado y reelaborado constantemente, se construye y reconstruye junto a las transformaciones del espacio urbano, generando nuevos modos de circulación, de composición, de organización; por ende nuevas formas de sociabilización y de apropiación del ambiente común. La ciudad es, pues, el resultado de la confluencia de tres tipos de parámetros: físicos, sociales y personales.

El crecimiento y las transformaciones en las ciudades mexicanas, han provocado que actualmente se manifieste una mayor intensidad de relaciones espaciales, de relaciones sociales relativamente autónomas; sumado a esto, ahora las innovaciones tecnológicas de la comunicación propician el empleo indistinto de los espacios, mediante redes de interacción. Maya Ambía (1998).

Estas redes de interacción de las ciudades, se han convertido en estructuras complejas, en espacios de flujos o ecosistemas abiertos, como reconoce el ecólogo Terradas, quien desde su particular rama del saber se ha aproximado a la conceptuación de los procesos que inciden en la dinámica urbana. La ciudad, se compone hoy en el espacio como una trama de relaciones que tienen su formación en una estructura física determinada, estructura que se constituye en “hábitat”, de millones de seres humanos sobre el planeta.

La ciudad tal y como la conocemos hoy se extiende más allá de sí misma, con el avance de las comunicaciones, a través de las redes de transportes, haciendo converger lo urbano con la rural, se han creado sistemas poli-céntricos (un conjunto de ciudades o poblados que se extienden más allá del ámbito urbanizado), superando las hasta ahora limitaciones territoriales reconocibles para el urbanista. En estos procesos, al mismo tiempo, las funciones centrales del casco viejo de la ciudad, han sido desplazadas.

Este es el contraste que pone de manifiesto la dinámica de deslocalización de actividades y crecimiento de las redes de ciudades. Esta progresiva deslocalización de lo urbano, se manifiesta en la superación de la centralidad y la periferia de las ciudades, como señala Susana Finquelievic, al decir que, se identifican señales del surgimiento de una sociedad basada en formas inéditas de convivencia social que deja de tener su base en las formas clásicas cotidianas, y que eventualmente abandonan sus anclajes territoriales para tejer redes sociales globales.

Es justamente, en este proceso de crecimiento y transformación de las redes de ciudades donde hallamos espacios o lugares deslocalizados, y en donde se debe encontrar sentido y una necesaria aproximación a los procesos de ordenación territorial de la red de ciudades en la que estamos inmersos. Por un lado, porque nuestra sociedad integra las correlaciones de una globalidad en las comunicaciones y en los sistemas de transportes que disminuyen la importancia a la aplicación de los esquemas tradicionales de la planificación física. Por otro lado, porque la ordenación territorial se proyecta en las ciudades como realidad manifiesta. Debemos vislumbrar que en un esquema de ciudades globales, la función que éstas desempeñan en el espacio cambia, y lo hace al mismo tiempo que opera una distinta configuración del espacio y de la ordenación territorial. Como expusiera Finquelievich, las ciudades que logren integrar la tecnología, la sociedad y la calidad de vida en un sistema interactivo, ocuparán un lugar central en la nueva sociedad generando un nuevo mapa de centralidades y periferias urbanas.

En esta nueva configuración del espacio, existen lugares que se han quedado deslocalizados. Espacios que al no responder a las exigencias actuales, se han quedado condenados en parte a la inutilidad en una óptica de rentabilidad económica. Por otra parte, al no haber tenido una evolución urbana clásica sino estando modelado y organizado alrededor de otro tipo de actividades, se distinguen del tejido y del funcionamiento urbano y no puede integrarse a éstos fácilmente. Estos espacios al estar desfasados con respecto del sistema urbano se convierten en zonas más o menos abandonadas o subutilizadas.

Este abandono genera con bastante rapidez una verdadera degradación, y aparecen entonces lo que se llaman comúnmente "espacios baldíos" o “construcciones abandonadas”. Espacios y construcciones urbanas cuyo funcionamiento estaba integrado a la vida urbana y que se encuentran hoy en día olvidados. Como comenta Hayuth, en la mayoría de las ciudades, este espacio se convierte progresivamente en una especie de "no-man's land” , cada vez más desierto y degradado. El espacio ha sufrido una especie de petrificación en el tiempo, y constituye una anomalía anacrónica frente a una ciudad, que por el contrario, se ha transformado con gran rapidez.

La fractura simboliza generalmente para la población urbana la decadencia y hasta la muerte de esos espacios. En muchos casos estos sitios “deslocalizados” han sido la causa de la grandeza de esas ciudades y constituyen una base cultural a la cual la población se siente fuertemente unida. Pero las rápidas mutaciones trastornan todos los hitos, ya que los cambios no son verdaderamente comprendidos e integrados, muchos de los nuevos espacios de la ciudad son más o menos lejanos. Así, a falta de una imagen que los sustituya, los baldíos constituyen un verdadero traumatismo desde el punto de vista de su identidad para las ciudades cuyos habitantes, al percibir en el espacio una imagen de desolación, desarrollan una verdadera nostalgia con respecto a la actividad pasada.

Esta deslocalización o “segregación espacial”, definida así por Zaida Muxi, son zonas de la ciudad que caen de la vida urbana inexorablemente, que siguen siendo segregadas aún cuando se proponen rehabilitaciones sectorizadas y encerradas a través de espacios recuperados (de la ocupación de edificios antiguos y de la creación de nuevas áreas urbanas aisladas); promoviendo una negación explícita y destrucción del tejido urbano. Es por esto que, debe hacerse hincapié en que en la ciudad, los espacios deslocalizados son raramente el reflejo de una decadencia, sino más bien la expresión puntual de una inadaptación, a la cual la ciudad, no ha tenido los medios de responder. Esta situación parece hoy día muy perjudicial para la ciudad, ya que simboliza una situación de crisis y de traumatismo poco compatible con la promoción de un dinamismo y de una imagen de desarrollo.

La fisonomía urbana también se ha visto afectada, por otros procesos que han sido igualmente influyentes en la conformación de nuevas realidades. Entre ellos destacan los cambios en los espacios públicos y privados, mismos que tienden a la polarización, el aislamiento, la desarticulación, la segregación, la fortificación y el aislamiento.

Así encontramos otros lugares deslocalizados constituidos por una tendencia creciente a la construcción de espacios cerrados que se aíslan del resto de la ciudad. Esta situación arruina lo local, que presenta características específicas, como un espacio acotado, apropiado, lo desarticula, convirtiendo los espacios en “no lugares”; células que no reconocen las cualidades de un lugar como lo reconoce M. Augé, quien comenta que los lugares deben ser “espacios que propicien relaciones sociales, espacios revitalizados que reconozcan su historia y conserven la identidad del lugar”.

Zaida Muxi las llama islas, y dice que constituyen áreas residenciales o ciudades simuladas, que pretenden que la vida sea un continuo sedado dedicado al consumo inconsciente, que se apropian y seccionan territorio para suplir otras funciones. Por el contrario provocan el alejamiento de los espacios públicos abiertos y una pérdida de la calle como un espacio colectivo, y proliferan los espacios cerrados como los centros comerciales y los fraccionamientos bardeados. Se construyen fraccionamientos cerrados con una morfología defensiva que promueve el confort, la exclusividad, la seguridad y la armonía con la naturaleza; en los que además prolifera el aislamiento, la segregación y la exclusión. Como consecuencia de esto, la vida que se desarrollaba en la calle, en los parques y los cafés pasa a desarrollarse en interiores, tales como, en centros comerciales, en los fraccionamientos cerrados o en los clubes deportivos.

El encierro del que hablamos es paradójico considerando que vivimos en un mundo globalizado. Las ciudades de hoy en día reflejan procesos que se repiten por todo el planeta; se construyen territorios globales que promueven cada vez más el encerramiento y que lo conforman como un fenómeno internacional, reflejado en las múltiples formas de nombrarlo, como “gated communities”, “ciudades blindadas”, “bunquerización”, “urbanizaciones cerradas”, “ciudades cerradas”, “fortificaciones”, entre otros.

En estas pequeñas unidades fortificadas; los individuos se encierran, cada vez más, en sí mismos, en comunidades simuladas y en estructuras llenas de muros físicos y simbólicos, que dan la sensación de bienestar, exclusividad y seguridad, pero, al mismo tiempo, nos recuerdan constantemente de los peligros externos y la importancia de mantenerse aislados. Las nuevas islas urbanas ofrecen protección y construyen en su interior una utopía que contrasta con las circunstancias que viven los citadinos, con la criminalidad, la contaminación y la pobreza que se hacen patentes en los espacios públicos. Para ello, el encierro se presenta como una alternativa vital, que le permite al ciudadano-consumidor olvidar los aspectos adversos del territorio en donde vive y al cual pertenece.

Jaime Lerner reconoce estos espacios deslocalizados, de cara a ellos y atraído por la fuerza de la gravedad del maltrato que sufren las ciudades del mundo entero, propone una infinita cantidad de ideas para el uso de estos espacios. En su más reciente libro de "Acupuntura Urbana", relaciona la forma de intervenirlos, tal como lo hacen los pinchazos de las agujas orientales en el cuerpo humano. Usa el criterio de que se deben tocar los puntos de las zonas urbanas de manera que ayuden a curar, mejorar, así como crear reacciones positivas y en cadena; provocando la evolución de la ciudad como un todo. La medicina de Lerner propone actuar con pequeños estímulos simultáneos que activen la transformación urbana, que generen una reacción, escuchando el sentimiento de los ciudadanos, haciéndoles partícipes del cambio y actuar con calidad y precisión.

Las ciudades mexicanas forman parte de una dinámica del mundo occidental contemporáneo, inmensamente complejo, producto de las acciones y las ideas del ser humano, de sus formas de relación y de sus estructuras de poder, regido por las desigualdades sociales y territoriales. Vivimos en un espacio heterogéneo, como lo planteó Foucault en 1967, el de “Heterotopía”, el espacio del mundo contemporáneo por excelencia; un espacio que es sinónimo de estrés, de paro, de contaminación, de delincuencia, incluso de violencia. Vivimos en ciudades que van perdiendo el carácter público que las generó, e intereses privados las transforman a su antojo. Se están diluyendo sus rasgos históricos, sus barrios populares, sus señas de identidad, sometidas a la ley del mercado que campa a sus anchas.



Son espacios en los cuales el espacio público va cediendo terreno a una organización semiprivada, donde hay un acceso desigual al espacio y donde el lugar es vivido conforme a los parámetros establecidos por el consumo y que dan lugar a una reorganización del territorio metropolitano donde hay una ruptura de lo comunitario. Ciudades donde los espacios deslocalizados aumentan cada día, los baldíos, las construcciones abandonadas o subutilizadas, los centros comerciales, los fraccionamientos cerrados. Los lugares para practicar deportes, los complejos educativos se producen y reproducen a lo largo y ancho del país, pero cada vez más bajo un esquema fortificado, caracterizado por el aislamiento. En contraposición tenemos una calle que cada vez más es lugar de paso, de juego y trabajo para aquellos que han sido excluidos de la lógica del miedo y el consumo.
Con este escenario no queda más que fomentar el papel de estos espacios aislados como nodos centrales, para unir y rescatar los fragmentos, para que dejen de ser islas y pasen a ser nodos de centralidad, a partir de los cuales volvamos a tener una ciudad.

El momento actual, por lo tanto, debe orientar su análisis y su reflexión no solamente a los aspectos cuestionables de la planificación urbana cuantitativa y su ideario moderno, sino también a toda la materia establecida de la ciudad, y a partir de allí evaluar los resultados concretos de las situaciones portadoras de sentido. Actualmente nosotros andamos a tientas con lo nuevo, y el vacío que acompaña esta búsqueda hace más fácil y refuerza la tendencia a la regresión y a la necesidad de apegarse a las tradiciones más recientes.

La ciudad es una herencia de fases históricas; cada legado es el reflejo de las necesidades materiales y espirituales de los ciudadanos del pasado, de la tecnología del momento, de las bases económicas, de las instituciones y de las distintas configuraciones sociales. La ciudad se puede considerar como un lugar excepcional de convivencia. Hay que saber aprovechar su densidad, que genera riqueza y diversidad cultural. Concebir la urbe como un espacio ideal para la formación, el trabajo, la diversión, un espacio civilizado y placentero. Debemos considerar sobre todo, como afirma Kevin Lynch, que la ciudad es tal como la ven, piensan, viven y perciben los propios ciudadanos y es distinta según la clase social, la movilidad o la economía del individuo.

Es posible ver y concebir el espacio urbano como un proceso creativo, donde los proyectos arquitectónicos y urbanos se conviertan en soporte para las actividades y percepciones humanas, recobrando factores contextualizantes y sociales a través de la intervención de los espacios deslocalizados; donde cada ciudadano pueda intervenir activamente, entablándose un diálogo entre espectador y obra con una necesidad de experimentar y descubrir estéticamente la ciudad.


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