miércoles, 23 de septiembre de 2009

De Vitruvio al pollo asado.


Julio Alonso Casado, Arquitecto.

Tomando como punto de partida unas declaraciones del conocido arquitecto Don Santiago Calatrava en las que vehementemente afirmaba que, la Arquitectura es una de las bellas artes y que debíamos ponerla al mismo nivel de la Escultura o de la Pintura, me gustaría reflexionar acerca de este axioma cada día más frecuente entre algunos arquitectos.

Ellos, en defensa de su inoperancia, proponen a la Arquitectura como una de las bellas artes. Desde mi punto de vista ni siquiera es un arte plástica, por más que diga el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua: Cada una de las que tienen por objeto expresar la belleza, y especialmente la pintura, la escultura, la arquitectura y la música.

Sería bastante triste que el objeto de la Arquitectura fuera únicamente transmitir belleza, obviando así, con un solo gesto, los principios clásicos en los que ella descansa: Firmitas, Utilitas y Venustas, introduciendo el subjetivismo como postulado de trabajo.

Subjetivismo que sirve como arma en la no-resolución de los problemas esenciales de la obra de arquitectura: la función, la constructibilidad -incluyendo en esta constructibilidad no solo la firmitas sino el coste de la obra-, la función social y por último la poética, su grandeza.

La grandeza, esta bondad de la obra de Arquitectura, la debe dar su capacidad de haber resuelto un problema para el hombre. Haber enriquecido la vida de algunos no con la frivolidad de la estética ni de la plástica, sino con la sobriedad y la seriedad de la respuesta técnica, funcional y económica que llevará irremisiblemente a una respuesta poética, que no artística, pues es la Arquitectura un problema de medidas, de encuentros, de geometría y de uso. No tanto de uso inmediato, de resolver el problema concreto de la función constreñida a la petición del cliente, sino de una función verdadera, universal y atemporal; una visión arquitectónica de la funcionalidad del edificio.

Un gran edificio sirve al ser humano para distintos usos a través de los siglos, sin perder su Arquitectura y sin variar su concepción inicial.

Estamos pues mucho más cerca del conjunto de reglas o principios explícitos con que se define la poética que de el fin de transmitir belleza que define a las bellas artes. Si bien sería absurdo negar la parte artística de la arquitectura.

Sáez de Oiza afirmaba que: La Arquitectura no puede ser solamente un objeto técnico y, al tiempo, no puede dejar de ser un objeto técnico. La posibilidad técnica y constructora de la Arquitectura genera la forma, pero la voluntad de expresión, su lado estético, cultural, la genera también.

Se me hace necesario seguir profundizando en tal inclusión de la Arquitectura como arte pues es por desgracia mal común y discurso aprehendido no solo por la opinión pública, sino por los propios arquitectos de final del siglo XX, y con gran fuerza en estos inicios del XXI por estudiantes y jóvenes arquitectos, .

Hemos visto a arquitectos de reconocido prestigio elevar la voz defendiendo dicho principio, igualando, como decía al inicio, la Arquitectura a la Pintura y a la Escultura y desviando mientras tanto, sus presupuestos en un 300% o permitiendo alegremente que la gente resbale en sus edificios, sirviéndose de esta coartada para introducir el carácter subjetivo, aplaudidos por políticos y financieros acríticos y abúlicos a los que por su analfabetismo arquitectónico les resulta más rentable valorar la arquitectura como una cuestión de gusto snob y de opinión indocumentada, cercana a la valoración de la música pop (me gusta / no me gusta), lo que Antonio Miranda en su libro Ni Robot ni Bufón llama un gusto gastronómico, sin profundizar por pura incapacidad y ceguera ágrafa en lo que es y lo que no es Arquitectura, colocándola al mismo nivel cultural del pollo asado.

Hemos pasado por tanto de los estrictos órdenes clásicos al todo vale, olvidando por el camino que la Arquitectura es una ciencia al servicio del hombre y que la estética, el lado artístico, su capacidad para expresar la belleza, la Venustas llegará irremisiblemente desde la poética una vez cumplidas las premisas de uso, construcción y servicio.

Y si bien todos los que hemos proyectado sabemos que para los arquitectos sin reputación, entendiendo por reputación lo que el diccionario dice: Prestigio o estima en que son tenidos alguien o algo, para los arquitectos desconocidos, dignos en muchos casos y de una profesionalidad muy superior a la de algunos de sus reputados colegas, (aunque a veces arrastrados por las modas y la imitación al triunfador perpetran edificios dignos del museo de los horrores), pues hay tantas variables e intervinientes que influyen en la obra construida, (cliente, contratistas, presupuesto, situaciones sociales, políticas etc.), que es difícil salir de la mera edificación para pasar al siguiente estadio, el de la Arquitectura, aunque siempre debe intentarse. No discuto esa manera de actuar pues se de la dificultad de ganar el pan con este oficio.

La que me parece más discutible , es la de aquellos arquitectos que sí tienen ganado su prestigio, en la mayoría de los casos por su buen hacer, en otros por la estulticia y el interés económico de los medios, y que pueden imponer su criterio a clientes analfabetos, sean prósperas compañías o administraciones públicas con el unánime respaldo de la opinión pública, y en lugar de eso se instalan en la molicie de lo artístico, abarrotando el panorama arquitectónico de excrecencias formalistas a la moda y en el agrado de los Mass-media y por tanto de la alucinada y ovina opinión pública.

En realidad sucede igual con la música: junto a una música culta trabajada y muchas veces difícil de apreciar por el oído no cultivado o por el neófito desconocedor de las reglas y principios de este arte, realizada por profesionales serios y conscientes de la importancia de su arte, sin respaldo ninguno de los medios -que son los primeros en no entenderla ni apreciarla-, se fomenta una música seudo culta, facilota, entendible por cualquiera y que roba las formas o los principios de aquella. Así, Alicia Keys pasa por vocalista de jazz con total impunidad y adoración de una masa acrítica que compra sus discos para regalar en Navidad, porque lo anuncian por la tele y jamás se sentaría a escuchar a Sheila Jordan.

Cuando se baja aún más en la hez del sistema/negocio observas como los productos de consumo rápido en los que ni siquiera se disimulan las carencias, como en el caso anterior, se crean y se destruyen como por arte de magia generando por el camino pingües beneficios y convenciendo en ese proceso a la indocumentada opinión pública de que son ellos quienes deciden lo que es bueno o malo, porque ellos tienen criterio, (me gusta /no me gusta).

Con la arquitectura, sin llegar a los excesos anteriormente comentados, cualquier día vemos en televisión un reality sobre la creación de un proyecto; no quiero dar ideas, pero ya hemos visto a un prestigioso arquitecto español aparecer en televisión en horario de máxima audiencia mostrándonos su secreto.

Sucede en nuestra disciplina algo parecido: se promueve una arquitectura pop, de consumo, atrayente en sus excesos, agradable a los sentidos, con espectaculares formas y materiales cuanto más exóticos mejor, con un cierto carácter cirquense. Pasen y vean: la torre más alta, la cubierta más grande, el voladizo más largo, el rascacielos que gira etcétera. Cuestiones entendibles por cualquiera sin obligarles a más discernimiento de me gusta/ no me gusta.

En este marco, todos esos proyectos emblemáticos se otorgan a un arquitecto o a otro por concurso. En teoría la intención es buena; se convoca un concurso y en igualdad de condiciones los arquitectos presentan sus trabajos y un jurado de probada solvencia emite juicio sobre los concursantes y gana el mejor. La probada solvencia del jurado, que suele componerse por distintos cargos políticos o funcionarios sin relación con la arquitectura y algún arquitecto en clara minoría, es cuando menos dudosa.

¿Cuáles son los criterios para emitir juicio?. ¿Qué distingue la buena de la mala arquitectura? Me gusta / no me gusta.

La impostura está tan instaurada que en la nueva ley española de contratos del Estado a todo esto se le llama Criterios subjetivos de adjudicación. Pero claro es que la Arquitectura es un arte. Pues ya está el problema resuelto.

La necesidad generada por los medios de que cada pueblo y ciudad posea su edificio emblemático y que solo será emblemático si va firmado por uno de estos arquitectos de moda, con estilo reconocible, del que se podrá presumir como de un carísimo reloj de pulsera presume el nuevo rico, lleva a la mayoría de jóvenes arquitectos a la búsqueda enloquecida de esa marca, de esa capacidad de reconocimiento, banalizando la escena arquitectónica con proyectos más cercanos al diseño grafico que a la Arquitectura; proyectos de muy difícil construcción, acudiendo a artificios tecnológicos de elevadísimo coste. Pero, es que la física le gano la batalla a la razón, aunque eso es otra historia.

Ahora bien, aún estando convencido de que todo lo anterior es cierto, ¿se le puede obligar a alguien, por capaz que sea, a hacer Arquitectura de la de verdad, de la que perdura por los siglos de los siglos, amen? ¿Es ilícito o poco honesto aprovechar la posición en que uno se encuentra para realizar obras de arquitectura de consumo, arquitectura pop, como antes decíamos? ¿Se puede obligar a alguien a que toda su labor vaya encaminada a entrar en la historia de la arquitectura? Supongo que no.

Si bien todo Arquitecto, parafraseando a Lorca, es capaz de distinguir en absoluto lo que es Arquitectura, probablemente no todo arquitecto tiene que estar en la obligación moral de tomar ese camino ascético de lucha interna y permanente por lograr una Arquitectura con mayúsculas.

Yo por mi parte pediré un pollo asado que disfrutaré en el patio del Museo de Antropología de Pedro Ramírez Vázquez.
Hummm. Me gusta.



Madrid, 22 de septiembre de 2009

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