sábado, 30 de agosto de 2008

¿QUÉ HACER CON LA HABANA AHORA?

Eliana Cárdenas

HERMOSA HABANA
“Habana, hermosa Habana,
a ti llega mi canto
como el gemir de violines....”

El cuarteto de Los Zafiros. Primeros años sesenta. Vista de La Habana. La bahìa, el Malecón. Desde el extremo del Castillo de San Salvador de La Punta se vislumbran las torres del Vedado (tal vez, si hay olas enfurecidas por un norte, se refuerce esa imagen formidable de la ciudad que la hace asemejar un barco). Según habaneros conocedores y de pura cepa, la mejor época de la ciudad. Rotas las barreras, con su libertad recién estrenada, todos los habitantes disfrutan de la ciudad.
Y esta es, en esencia, La Habana que aún se conserva ahora, casi al finalizar la década de los noventa, cuya escala estuvo definida a finales de los años cincuenta, cuando ya funcionaba como un organismo complejo, donde se había producido un desplazamiento de su centro, con distintas áreas de influencia, condicionando los primeros estudios de metropolización expresados en la concepción de la Gran Habana. La actual provincia de Ciudad de La Habana, con sus quince municipios, responde a esos criterios de metropolización.

LA HABANA IGUAL Y DIFERENTE
A partir de los años sesenta la nueva imagen social se verificaría en la nueva arquitectura. La política trazada para lograr un equilibrio integral en el desarrollo del país, limita el crecimiento de población en la capital y condiciona priorizar las inversiones hacia otros lugares del territorio nacional antes no atendidos, sobre todo las áreas rurales, al tiempo que aquellas dirigidas a grandes instalaciones y a la vivienda en la capital se dirigen a la creación de nuevas áreas de desarrollo, en general periféricas. Se produce una dinamización de estas áreas exteriores que deja al margen las zonas tradicionales; se incrementa entonces el deterioro que ya sufría gran parte del fondo construido de la capital.
Si las nuevas construcciones se concentran preferiblemente en la periferia, afectando muy poco el tejido urbano preexistente, las propias necesidades de la población condicionan cambios en la arquitectura. La prioridad de las zonas de nuevo desarrollo, la ausencia de mantenimiento sistemático, junto a la escasez de materiales apropiados para la reparación de viviendas antiguas y el crecimiento de la población, trae como consecuencia alteraciones en las edificaciones de vivienda de las zonas centrales, donde los altos puntales hacen posible las “barbacoas”, o la ubicación de casetas en las azoteas, aprovechando que muchos de los edificios de la ciudad tradicional estaban preparados para recibir otro nivel más.
Otros fenómenos han sido causa de cambios, como la primera acción de renovación urbana, practicada en el barrio capitalino de Cayo Hueso, que rompe con la estructura morfotipológica tradicional de la zona; y por supuesto, las grandes instalaciones ubicadas en la periferia o en zonas vacías intermedias provocan cambios de relaciones funcionales que afectan a la ciudad en su conjunto, mientras en otras ocasiones se producen ciertas disfuncionalidades derivadas de las implicaciones en cuanto a redes y en general a problemas ingenieros de la ciudad.

LA HABANA, PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD
Paralelamente al desarrollo de las áreas rurales o de instalaciones en la periferia, desde un primer momento el Estado prevé la necesidad de conservar las edificaciones y sitios de valor y en 1960 se funda la Comisión de Monumentos. Cuando se celebra en Venecia el Congreso de 1964, Cuba muestra sus monumentos restaurados y de eso se trataba: el problema de la atención al patrimonio arquitectónico se apreciaba a partir del rescate de los edificios de mayor jerarquía. Así, en La Habana se restauran los edificios de la Plaza de Armas, los de la Plaza de la Catedral, el Palacio Aldama, el Castillo de la Real Fuerza y algunos más.
Cuando en 1977 las dos primeras leyes promulgadas por la Asamblea Nacional del Poder Popular se refieren a la preservación del patrimonio cultural y se vuelve a fundar la Comisión Nacional de Monumentos, ampliándose ahora hasta las instancias provinciales y municipales, ya era evidente que la falta de recursos, acompañada de la polìtica inversionista antes referida, había logrado mantener la ciudad en un estado tal que la hacía única entre las principales de América Latina, las cuales comenzaron a sufrir grandes transformaciones a partir de los años sesenta.
De manera que en este convulso fin de siglo y de milenio, la ciudad de La Habana conserva un legado histórico a través del cual muestra todas las etapas de su desarrollo. Como cualquier ciudad que alberga una vida activa, la ciudad fue cambiando con el tiempo, pero con la particularidad de que las nuevas áreas de crecimiento se yuxtaponen a las anteriores, solo modificándolas levemente por la inserción de edificios correspondientes a cada etapa, mientras se conservaban las estructuras morfotipológicas definidas en el origen de cada una de esas áreas, lográndose una diversidad de imágenes, como otras tantas habanas que pueden apreciarse en el recorrido por la ciudad, desde la Habana Vieja colonial, hasta la correspondiente a la modernidad de los años cincuenta y sesenta.
Sin dudas, los valores que se concentran en la Habana Vieja, zona fundacional de la ciudad, determinaron su condición de Monumento Nacional en 1978 y que en 1982 el Centro Histórico Habana Vieja y el sistema de fortificaciones fueran declarados Patrimonio de la Humanidad. Por la importancia monumental de este centro, por su valor de conjunto, se definió como política general su conservación integral y en función de ello se habían trazado planes para el quinquenio 1976-1980, los cuales serían analizados y aprobados por la Comisión de Monumentos a raíz de su creación. Su puesta en práctica a partir del lineamiento general de trabajar primero las plazas y los ejes de vinculación entre estas, permitió vislumbrar lo que sería la ciudad de lograrse esa conservación de modo integral.

ANDAR LA HABANA
Pero resultaba claro que la riqueza de la ciudad desbordaba los marcos de este centro histórico y que en las muchas habanas había otras áreas que con propiedad eran centros históricos de sus respectivas zonas de desarrollo. Tanto los poblados históricos fundados al unísono con la actual Habana Vieja -como es el caso de Guanabacoa--; o los definidos durante los siglos XVIII y XIX --Regla, Casablanca, Marianao, Santa María del Rosario, Santiago de las Vegas--; los barrios históricos desarrollados fuera de las murallas --la barriada del Cerro y los de Centro Habana, como el barrio de Cayo Hueso o el Barrio Chino, donde las columnatas de los portales en las principales calzadas le otorgan una imagen particular--; o el Vedado, área de asentamiento de la sacarocracia cubana entre fines del siglo XIX e inicios del XX, asiento de la mejor arquitectura ecléctica cubana y también junto con las zonas del actual municipio Playa, de la arquitectura de la modernidad; son dignos de conservación, por la calidad de su arquitectura y de sus espacios urbanos, por ser demostrativas de diferentes formas de vida.
Estudios coordinados por el Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología, con la participación de varias instituciones, detectaron las zonas de valor en toda la provincia Ciudad de La Habana y han delimitado 47 zonas, con una extensión total aproximada de 27, 5 kilómetros cuadrados, correspondientes al 9,00 % de la superficie urbanizada total de la provincia. Ello es el resultado de asumir los valores culturales de la ciudad de modo integral y de una ampliación del concepto de valor que había estado presente en las acciones de intervención del patrimonio durante los años sesenta y setenta. A partir de tales criterios se realizaron estudios detallados de los diferentes centros históricos y zonas de valor histórico cultural y se definieron planes de intervención, algunos de los cuales se pusieron en práctica durante los años ochenta.
Al mismo tiempo, la actividad de las Comisiones Provinciales y las Delegaciones Municipales de Monumentos, se encaminó, entre otras tareas, a una labor de divulgación de los valores patrimoniales a través de los museos en cada municipio y de otras instituciones, complementada con programas radiales y televisivos como el popular “Andar La Habana”, animado por Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad, con el propósito de ampliar la conciencia ciudadana acerca del cuidado del patrimonio edificado. Era una labor que trajo como resultado una actitud diferente de varios sectores de la población, quienes comenzaron a valorar sus lugares de vida, a pesar del deterioro en que se encontraban. Que fueran contentivas de valores reconocidos les hacía albergar la esperanza de que en algún momento sus viviendas serían reparadas.

LA HABANA DEL PERIODO ESPECIAL
Durante los años setenta y ochenta se desarrollaron en el país los estudios acerca de la atención al patrimonio edificado y la vinculación de los planes de conservación y rehabilitación con los de desarrollo global de las zonas urbanas. Los planificadores, urbanistas, arquitectos y otros porfesionales vinculados a esta labor, así como instancias político-administrativas, trabajaron con la perspectiva de que las acciones emprendidas, aún cuando fueran limitadas por no contar con los recursos necesarios, estaban dirigidas, en primera instancia, a enfrentar los problemas de la población y por la importancia del patrimonio desde el punto de vista cultural. Cierto idealismo presente en el proceso cubano condicionaron que los aspectos económicos no fueran realmente previstos en un primer momento.
Uno de los problemas comunes a la ciudad en su conjunto durante todos estos años ha sido la ausencia de mantenimiento. La situación se hace más difícil en tanto el Estado cubano se planteó asimilar tanto en lo económico como en lo técnico todas las acciones constructivas, desde la infraestructura técnica para el desarrollo de nuevas regiones hasta el mantenimiento del fondo construido. Si bien en la idea de dotar a cada familia de una vivienda adecuada se consideraba junto a la construcción de las nuevas, la reparación y rehabilitación de las existentes, se estuvo siempre lejos de prestar a esta segunda alternativa la atención que requería, aun cuando hubo entidades adscritas a diferentes empresas o instituciones municipales destinadas a esta labor, como las Brigadas de Mantenimiento y Reparación, pero nunca contaron con los recursos necesarios para enfrentar las necesidades de los territorios a los cuales correspondían. La Habana ha sufrido esta falta de atención más que cualquier otra ciudad del país.
La realidad desbordó las programaciones estatales y la población acopió materiales de donde pudo e hizo reparaciones y cambios como mejor pudo, contribuyendo con no pocas acciones a un deterioro de la arquitectura urbana por la ausencia de criterios adecuados de diseño. La comprensión de este problema se hizo cada vez más notoria hacia finales de los setenta y ya en los inicios de los ochenta se trató de buscar salidas a través de la venta de materiales a la población y de brindar asesoría técnica más amplia a través de las Direcciones de Arquitectura y Urbanismo. La formación de las “microbrigadas sociales” con los habitantes de un sitio para reparar y mejorar las condiciones de habitabilidad de sus viviendas, vinculadas a un equipo técnico fue una experiencia iniciada hacia mediados de los ochenta y que parecía una alternativa válida. Pero los recursos materiales también fueron reducidos y ya era un poco tarde.
Las mayores limitaciones económicas que se producen a partir de 1990 provocan la paralización de varias de las obras previstas en los planes de conservación de la Habana Vieja y en otras zonas de valor fuera de este centro histórico. Es en estas últimas donde la situación es más difícil, primero, porque sus valores fueron reconocidos con posterioridad, lo cual provocó que no estuvieran sometidas a un grado de protección equivalente a las edificaciones de la Habana Vieja y, en segundo lugar, al haberse iniciado la mayoría de los trabajos en la segunda mitad de la década de los ochenta no tuvieron posibilidades de proporcionar cambios significativos en el mejoramiento de las condiciones del fondo construido y comenzar así a revertir la imagen de deterioro.

¿QUÉ HACER CON LA HABANA AHORA?
Es indudable que tanto la ciudad como el país se enfrentan a una difícil situación. La Habana debe buscar una salida adecuada entre la conservación de una ciudad cuyos valores son reconocidos, pero que por lo mismo parece constituirse en un foco de atracción para determinadas inversiones, propiciadas por la política de apertura económica actual; entre el deterioro de su fondo construido y sus valores culturales y económicos; entre las necesidades de la población que aún deben solucionarse y las limitaciones económicas para enfrentarlas.
Las acciones que se han planteado para enfrentar estas disyuntivas son de diferente orden. Algunas se derivan de los análisis realizados a mediados de los años ochenta y que en estos momentos ya se han comenzado a aplicar; otras responden a las contingencias más recientes. Mencionamos algunos de los aspectos más significativos.
Descentralización del planeamiento urbano
Es indudable la necesidad de afrontar los problemas con una óptica diferente y ello ha influido en los lineamientos de la planeación urbana, en particular en lo referido a lo imprescindible de descentralizar las decisiones de planeamiento con respecto a las diferentes áreas de la ciudad, considerando desde una óptica más cercana sus problemas particulares, lo cual marcha vinculado a la prioridad concedida a la atención de las áreas tradicionales antes que continuar el crecimiento de la ciudad en zonas de nuevo desarrollo. Desde 1988, con la creación del Grupo para el Desarrollo Integral de la Capital, se dan pasos en este sentido, en tanto se promueven los Talleres de Transformación Integral del Barrio en algunos de los que presentaban más problemas.
Al mismo tiempo, se refuerzan las Direcciones Municipales de Arquitectura y Urbanismo, de manera que puedan actuar de modo más coordinado con las instancias correspondientes del Poder Popular y propiciar así una participación más amplia de los Consejos Populares y de la población en su conjunto. Esta forma de trabajo facilita una visión más directa de los problemas de cada territorio y propiciar soluciones acordes con los recursos locales, aunando los esfuerzos de las instituciones radicadas en las distintas áreas.
Análisis de nuevos elementos dentro del planeamiento urbano
Las distintas versiones del Plan Director de la ciudad siempre se desarrollaron a partir de la propiedad estatal del suelo urbano en relación con la propiedad individual de los inmuebles de vivienda por parte de sus ocupantes. La presencia de firmas con capital extranjero en el país, de entidades inmobiliarias, implica un análisis diferente. Las máximas alturas consideradas no excedían los 21 pisos, sin embargo, ha habido solicitudes de entidades inmobiliarias para la construcción de edificios de 30 pisos. Esto ha llevado a profundizar en el tema de las alturas desde varios puntos de vista. En primer lugar, está definida una línea de deseo de no incrementar sensiblemente las alturas en la ciudad por sus diversas implicaciones negativas --las experiencias en tal sentido sobran en cualquier escenario urbano contemporáneo--, así como por el interés en preservar el perfil de la ciudad.
Todos los trabajos de precisión de las regulaciones urbanas que se han venido realizando en los últimos años desempeñan un papel clave a la hora de definir las características de las edificaciones a insertar en las diferentes zonas de la ciudad. En relación con las solicitudes de microlocalización de grandes edificios, como de centros de negocios, se han analizado sus vínculos con otros componentes de la ciudad, los problemas de vialidad, de producciones ubicuas que puedan generar y otros aspectos semejantes. Si bien se ha previsto las áreas de Monte Barreto, en Miramar para posibles expansiones de este tipo, resulta claro que el respeto a las regulaciones urbanas es clave a la hora de insertar estos nuevos elementos para lograr continuidad en la lectura de la ciudad.
Entre los aspectos que se han planteado como fundamentales a considerar entre los relacionados con los problemas del mercado inmobiliario, está el empleo de la plusvalía que resulte de su manejo en la rehabilitación y desarrollo integral de otras zonas de la ciudad.
La importancia concedida al problema de la rehabilitación de la vivienda
Uno de los problemas que ha sido objeto de preocupación continua es el de rehabilitación de la vivienda. Por diversas razones los conceptos teóricos manejados en esta esfera no han logrado ser llevados coherentemente a la práctica, persistiendo en lo poco realizado las acciones aisladas o en tiras a ambos lados de ejes y focos importantes de la ciudad, no abarcando la problemática de la rehabilitación de la vivienda de manera integral, lo cual no ha permitido la óptima utilización de las potencialidades de estas zonas en beneficio de su propia transformación para mejorar las condiciones de habitabilidad de las edificaciones y las del entorno urbano.
Un estudio reciente de la Dirección Provincial de Planificación Física y Arquitectura llama enfáticamente la atención acerca del significado de rehabilitación de la vivienda desde el punto de vista social, económico y para la imagen de la ciudad, puesto que es el tipo de edificación mayoritario. Se plantea como lo más aconsejable “...realizar acciones de emergencia que disminuyan al mínimo posible la pérdida de edificaciones del fondo existente, y aplicar una política de preservación, rehabilitación y restauración, dando prioridad a la detención del proceso de deterioro progresivo, pasando a una fase de recuperación aunque lenta, pero de recuperación.”
Para alcanzar estos objetivos se realiza una propuesta que ya ha sido puesta en práctica parcialmente y que parte de combinar, desde el punto de vista financiero, las inversiones estatales, la utilización efectiva de los recursos de la localidad, la contribución del mercado inmobiliario con participación de capital externo y la contribución financiera de los residentes. Esta propuesta se concreta en una primera etapa a través de: a) Acciones emergentes de impermeabilización de cubiertas, de salideros y reforzamientos estructurales para disminuir pérdidas de edificaciones existentes y suprimir las causas del deterioro en las edificaciones que lo necesiten; b) Realizar intervenciones utilizando como unidad mínima la manzana a lo largo de ejes viales, cruces de calles, plazas y espacios públicos principales, combinando la preservación, rehabilitación y restauración, así como las demoliciones inevitables y su sustitución por nuevas edificaciones; c) Intervenciones en aquellas manzanas fuera de los lugares mencionados que así lo aconseje su mal estado.
Estas propuestas se encaminan fundamentalmente a las áreas centrales de la ciudad, posibilitando, a la vez que un mejoramiento de las condiciones de vida, una cualificación de la imagen urbana de manera que actúe como incentivo para continuar los trabajos de rehabilitación. Varias acciones ya se han realizado en algunos barrios de La Habana, especialmente en el de Cayo Hueso y en el Barrio Chino, en los cuales se ha concertado la asesoría y el financiamiento estatal, la participación de distintas empresas y entidades del territorio que aportan materiales y fuerza de trabajo especializada y los habitantes, quienes costean las reparaciones interiores de las viviendas y participan también en las labores de construcción.
Este tipo de acciones se hacen posibles gracias a la vinculación de los equipos de proyecto con el territorio. En el caso de Cayo Hueso a través del Taller de Transformación Integral del Barrio, y en el Barrio Chino a partir de la creación de un Grupo Promotor, formado por profesionales descendientes de chinos que trabajan tanto en la rehabilitación física del barrio, como en la conservación del patrimonio intangible, dada la importancia que tuvieron algunos aspectos de la cultura china en Cuba en la segunda mitad del siglo XIX y a inicios del XX. De estas experiencias se ha derivado el establecimiento del arquitecto de la comunidad, cuya labor debe encaminarse a la ayuda técnica de la población como una vía más e imprescindible para mejorar el estado físico de las viviendas.
Análisis integral del impacto del turismo en la ciudad
Ya desde los años ochenta se torna evidente la importancia de explotar los valores del patrimonio arquitectónico y urbano en relación con el turismo y el papel de esta actividad para contribuir a hacer rentable las acciones de intervención. Ante el agravamiento de la situación económica de los últimos años, se aprecia un mayor interés en las potencialidades turísticas de las zonas patrimoniales de valor histórico-cultural y, en particular de la Habana Vieja.
De otra parte, la creación de una infraestructura de atención al turismo --y con anterioridad a especialistas extranjeros que laboraban en diferentes sectores--, tendrá como asiento zonas del Vedado y de Miramar, siguiendo una corriente manifestada ya desde mediados de los sesenta de ubicar determinadas funciones públicas en esas zonas, aprovechando las edificaciones que dejaban vacías quienes se marchaban del país, las cuales estaban en buen estado o solo requerían de intervenciones mínimas. De manera que se produce una mudanza de determinados componentes de la centralidad hacia Miramar, abandonando las estructuras y lugares centrales tradicionales.
Estos dos fenómenos combinados provocan dos polos fundamentales que van adquiriendo una fisonomía diferente al mejorar su imagen, proceso en el que ha influido últimamente la presencia de inversiones mixtas con participación de capital extranjero. En el caso de la Habana Vieja ha posibilitado la restauración de varias edificaciones vinculadas a actividades gastronómicas, comerciales y otras que apoyan a la actividad turística, las cuales se suman a los museos, salas de exposiciones y varios tipos de instituciones culturales ubicados con anterioridad en edificaciones restauradas. En Miramar también se han rescatado edificios importantes de la arquitectura moderna que habían albergado a estudiantes becarios. La disminución de la cantidad de población que arriba a la enseñanza secundaria y media y la construcción de un sinnúmero de escuelas en zonas rurales y urbanas, posibilitó el nuevo cambio de uso de esas edificaciones.
Los aspectos positivos de estos fenómenos se relacionan con la posibilidad de rescate de parte del patrimonio edificado de la ciudad y en una activación económica, al tiempo que se han mantenido las características y valores de ambas zonas; los negativos se derivan del peligro de la terciarización, de las diferencias sociales que se producen especialmente en la Habana Vieja, dadas las condiciones de vida de la población, y en general, del impacto negativo que puede traer consigo la presencia de la actividad turística en los centros históricos y en otras zonas de valor histórico-cultural.
El análisis de las situaciones ventajosas y desventajosas del impacto del turismo en la ciudad y en particular en las zonas de valor histórico-cultural ha sido objeto de trabajo de varios grupos de investigación. Los estudios realizados y en vías de realización en el momento actual, tienen como propósito fundamental establecer una relación armónica entre el desarrollo del turismo y la solución de las necesidades de la población, tanto en lo que respecta al carácter de las zonas históricas, tradicionalmente habitacionales y cuya función debe mantenerse, como en términos sociales. El impacto social que ya se ha producido induce a prestarle a este aspecto la mayor atención, de gran importancia para el caso específico de la Habana Vieja.

Otro problema incorporado al análisis por varios investigadores se refiere al peligro de realizar intervenciones escenográficas que atenten contra el valor real de los objetos patrimoniales. Asimismo ha sido objeto de debate el peligro de terciarización de las áreas central y norte del centro histórico Habana Vieja, que puede conducir a un cambio de uso en detrimento de la función habitacional. Como resultado de estos debates se han planteado varias propuestas, las cuales aún están en vías de inmplementación para ser aplicadas.
El Decreto-Ley número 143
Uno de los instrumentos fundamentales que se han puesto en marcha para posibilitar la continuidad de las acciones de conservación en la Habana Vieja, es el Decreto-Ley 143, promulgado a finales de 1993. Por medio de este decreto el Estado le otorga importantes prerrogativas económicas a la Oficina del Historiador de la Ciudad, basándose en la importancia de la conservación de “la memoria material y espiritual de la capital”. Este decreto establece que dicha Oficina opere con entidades que posibiliten la recaudación de divisas, tanto por comercialización directa o estableciendo vínculos directos con distintas empresas del territorio, por la contribución de instituciones que recauden divisas, por el cobro de entradas a museos y espectáculos culturales en la Habana Vieja, de modo de contar con fondos para dar continuidad a las labores de conservación y restauración.
Es un caso sui generis el que a una institución cultural se le subordinen otras económicas con el propósito de la preservación del patrimonio cultural. De este modo, es posible que los fondos obtenidos por la comercialización de diferentes empresas y por el turismo, sean empleados en la rehabilitación de la vivienda, como es el caso del plan iniciado para el barrio de San Isidro, en el área sur del centro histórico. En la medida que se generen los recursos suficientes, estos programas deberán extenderse a otras áreas de valor de la ciudad, al tiempo que cada una de ellas podrá emprender otros semejantes de acuerdo con sus potencialidades para el desarrollo del turismo en sus territorios respectivos. Este es un programa tal vez lento y un verdadero reto, dadas las propias limitaciones actuales que deben ser superadas para lograr eficiencia y efectividad en el despliegue de la actividad turística, pero indudablemente es la alternativa más viable con la cual puede contarse.
El Plan Maestro de la Habana Vieja
En estrecha relación con la Oficina del Historiador de la Ciudad, funciona el Plan Maestro de la Habana Vieja, cuyo objetivo esencial es “profundizar en los problemas del centro histórico y proponer para ellos soluciones técnicas, humanas y económicas y, al mismo tiempo, anticiparse a los del futuro, a fin de evitarlos.” Los principales aspectos en que el Plan Maestro hace hincapié son los relacionados con “...las condiciones de las viviendas, los edificios y los espacios exteriores e interiores, tanto en el aspecto de seguridad como en el de la salubridad” y en “los servicios de uso de la población”.
El Plan Maestro de la Habana Vieja se propone desarrollar los programas necesarios para lograr que esta sea un área donde la función habitacional tenga un papel básico y que sus habitantes no sean desplazados a otros sectores de la ciudad; lograr la consolidación y rehabilitación de los edificios y la construcción de nuevas viviendas en los solares existentes; lograr el buen funcionamiento de los servicios de agua, saneamiento y electricidad. Por otro lado, el Plan Maestro también plantea “...proyectarse hacia el futuro, y por ello establece en el territorio una serie de zonas diferenciadas, de manera que en unas se permitan usos turísticos, oficinas y servicios, con el uso básico residencial, mientras que en otros este sea el fundamental, completado con los servicios necesarios a la población.”
La formación del arquitecto y del urbanista
Todos estos fenómenos influyen en la enseñanza de la arquitectura. La necesidad de enfrentar con mayor flexibilidad la formación del arquitecto y del urbanista, tanto en el nivel de grado como de posgrado ha condicionado la aparición de nuevos enfoques y temas y la sustitución y disminución de otros menos necesarios en relación con las contingencias actuales. De todos los cambios planteados, el más importante comienza a reflejarse en la transformación de los objetivos declarados en las diferentes disciplinas. Hace unos años los objetivos se dirigían en su gran mayoría a fomentar habilidades prácticas en correspondencia con un desarrollo específico de la arquitectura, el urbanismo, los sistemas y métodos de construcción al uso en el país. Los cambios que se producen en las contingencias socioeconómicas tornan rápidamente obsoletas cualesquiera habilidades concebidas de una manera estrecha. Por tanto, lo que se impone es la formulación de un conjunto de objetivos que enseñe, en primera instancia a pensar, con una mentalidad abierta, capaz de conocer las vías o dónde buscarlas para enfrentar los diversos problemas.
El tema de una arquitectura y un urbanismo correspondientes a una concepción de desarrollo sustentable es asimismo de importancia capital. Ello implica profundizar en enfoques adecuados a las condiciones de cada sitio en términos de diseño, de materiales y sistemas de construcción; el conocimiento de las soluciones espaciales y técnicas de construcción tradicionales, además de cómo insertarse en el medio construido, en tanto este será el escenario fundamental de las acciones de diseño y construcción que realicen los egresados. El enfrentamiento del análisis real de los factores económicos en cuanto a gestión, valor del suelo y de las construcciones, junto a problemas de tipo legislativo también han entrado a formar parte de algunas disciplinas.
La disminución actual de las labores proyectuales y constructivas están siendo aprovechadas en un proceso de formación posgraduada que abarca distintos temas de la arquitectura y el urbanismo, priorizando aquellos sectores de la profesión generalmente considerados en los sistemas de posgrado, pero que han sido incorporados a los nuevos planes de estudio de grado y que los egresados de generaciones anteriores no tuvieron en su pensum académico. Entre esos temas se encuentran los relacionados con la preservación del patrimonio, con énfasis en la rehabilitación de la vivienda, con los nuevos criterios e instrumentos del planeamiento urbano, o con una visión diferente de la arquitectura donde los aspectos vinculados a la ecología y a una política de sustentabilidad tienen un papel central. Al mismo tiempo, estos cursos han servido para ampliar los espacios de reflexión sobre los distintos problemas presentes en la ciudad y cuáles son las alternativas más viables para enfrentarlos, en tanto los que participan en ellos aportan trabajos insertados en su actividad profesional cotidiana.

LA HABANA CUESTA, PERO VALE
Esta frase del arquitecto Mario Coyula, viene a propósito, porque se han estado manejando los montos que requeriría rehabilitar la capital cubana. Desde la década pasada se estimaba que la inversión requerida oscilaba entre diez y catorce mil millones de pesos y en 1991, estudios realizados por el Plan Director de la Ciudad de La Habana, consideraban que debían efectuarse alrededor de 40 000 acciones de preservación, rehabilitación y restauración de viviendas existentes y construirse más de 10 500 viviendas anuales para solucionar los problemas en este renglón. Estas cifras –opina Coyula– “...inevitablemente siembran una pregunta: ¿Cuánto vale la ciudad? La ciudad está llena de problemas que sin embargo pueden convertirse en oportunidades, aprovechando un potencial acumulado durante veinte generaciones que se tradujo en grandes valores históricos, artísticos, funcionales y ambientales, todo con una fuerte implicación económica... La conservación de esos valores y el desarrollo que La Habana necesita (...) solo parecen posibles en la medida en que la propia ciudad pueda financiarlos con lo que extraiga racionalmente de sí misma. Eso demanda una justa valoración de La Habana: sin resignarse a perderla por no usarla; pero sin deformarla, venderla, hipotecarla o regalarla.
Un problema fundamental radica en cómo coordinar todos los factores para lograr acopiar los recursos financieros que reactiven la economía urbana para mantener sus valores sin renunciar además a una vida decorosa para la población en su conjunto. Ello hace imprescindible una participación activa de los diferentes sectores poblacionales tanto en las decisiones como en las aportaciones económicas y deben instrumentarse las vías para hacerlo factible, integrando las iniciativas de la comunidad con las individuales. Las experiencias aún limitadas pero aleccionadoras de lo realizado en algunos barrios muestran una de las vías a explotar. Habrá que saber aprovecharlas convenientemente y potenciarlas según las posibilidades específicas de cada barrio o zona de la capital, descentralizando decisiones y recursos, aunque sin perder de vista la totalidad de la ciudad.
Pensar en la conservación integral y coherente de los valores de la capital cubana sin restringir su desarrollo, contemplando las necesidades sociales, con una proyección de futuro, pero considerando las posibilidades reales del presente, constituye uno de los retos más difíciles a los que deberán enfrentarse no solo arquitectos y urbanistas, sino las instancias político-administrativas y la sociedad capitalina en su conjunto. En ese sentido, hay que coincidir con Luis Lápidus, quien al reflexionar sobre varios problemas de la ciudad aseveraba que “Los analistas del próximo siglo también enjuiciarán si alguna obra surgida en este momento angustioso logró con ingenio y profundidad la urgente reconceptualización de la arquitectura, si las ideas de sustentabilidad, preservación de recursos y realismo económico y ecológico logran traducirse en métodos arquitectónicos –y diríamos también urbanos – lúcidos y conscientes.”
Cuando se piensa en todos los problemas que deben solucionarse en la ciudad de La Habana, la idea de conservarla en su conjunto parece una utopía. Sin embargo, el paso implacable del tiempo, la desidia a veces de algunos de sus habitantes, los ciclones o ras de mar, o incluso el abandono, no han logrado que La Habana pierda su esencia, su sabor marítimo, cosmopolita, de ciudad donde se baila y se canta, donde se suman diferentes tipos de trazados, de tipologías edilicias, de formas de ser asociadas a la propia diversidad de la ciudad, variedad que constituye parte de su esencia. Realmente, las dificultades a enfrentar son tantas, pero como dice la popular canción cubana, “se agolpan unas a otras y por eso no nos matan”. Solo falta encontrar la punta exacta de la madeja. Es ello lo que alimenta la esperanza de poder recuperar la ciudad en su conjunto, para que continúe siendo, "La Habana Inmortal".
Sin dudas, la ciudad está abocada a cambios, todavía impredecibles. En ella, como en muchos otros lugares de este complejo planeta, conviven signos contradictorios: en los últimos tiempos ha sido testigo de la confrontación entre el deterioro y edificaciones de alto standard; la misa del Papa en la Plaza de la Revolución, con una santera leyendo el futuro en la Plaza de la Catedral; la Tribuna antiimperialista con John Lennon sentado en un parque; la gente montándose en un “camello” y bailando en el parque. “La Habana –y cito a Mario Coyula– ha pasado muchas pruebas en su larga historia, algunas aparentemente terminales; y ha salido golpeada, pero airosa.” Esperamos que así sea ahora, porque no sé cuántas misas valdrá La Habana, pero sí estoy segura que bien vale la pena y sus méritos deben ser conservados en su justa valía y lograr la continuidad hacia el futuro.
¿El futuro traerá una transformación de la ciudad a partir de inversiones extranjeras que impliquen el crecimiento incontrolado de torres antiecológicas, sin nada que ver con los valores conservados hasta el momento? Hay pesimistas y optimistas. Los últimos haremos todo lo posible porque lo nuestro siga siendo nuestro.
Es, sin dudas, un reto a la esperanza.

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